“En un remoto lugar de la India, entre la espesa selva, cerca de la orilla de un tímido riachuelo, a la vera de los nenúfares, vivió un joven llamado Brahmán. Como era huérfano y no pertenecía a ninguna casta, cuando quería comprar ropa, debía visitar los pueblos del norte. Pero los habitantes de aquellas regiones se pintaban la piel de color negro, por lo que si quería entrar en sus poblados, debía hacer lo mismo.
Cuando quería comprar comida bajaba al sur, donde los oriundos pintaban sus rostros de blanco, por lo que Brahmán debía pintarse el rostro también de blanco.
Cuando deseaba rezar se dirigía a los pueblos del Este, donde estaban los templos, pero los habitantes del Este pintaban sus caras de color amarillo, por lo que Brahmán debía hacer lo mismo.
Por último, cuando quería comprar medicinas, debía visitar el Oeste, donde todos se pintaban el rostro de azul.
El tiempo paso y cierto día, Brahmán vio a un extraño hombre de barba y pelo largo haciendo sus abluciones en el río. Su rostro era muy hermoso y su mirada serena y tranquila. No llevaba ninguna pintura y sin embargo parecía muy feliz.
Como quiso acercarse un poco más, pudo ver su propia silueta reflejada en el agua y no se reconoció. Llevaba tanto tiempo poniéndose máscaras que ya eran una parte de él.
Llorando desconsoladamente, cayó al suelo mientras el desconocido, compadeciéndose de él, se acercó, lo tomó en sus brazos y lo levantó amablemente:
- Lo que buscas no está fuera de ti, ni en otra persona, ni en otro lugar – dijo - Lo que deseas está en tu interior pero, para poder alcanzarlo, no debes disfrazarte, sino quitarte todos los disfraces que te has ido poniendo
- ¿Cómo puedo hacerlo? - preguntó el muchacho
- ¡Ven! - dijo el eremita – Lávate la cara todos los días en este río y no dejes que nada vuelva ocultarla. Si lo haces a diario, si te buscas a ti mismo dejando pasar todo lo que no eres tú, llegará un día en que te reconozcas. Cuando esto ocurra, llámate y no vuelvas a perderte de vista, pues tú mismo te conducirás hacia tu propio reino – Durante mucho tiempo, Brahmán acudió al riachuelo y se lavó en él hasta que todas sus máscaras fueron desapareciendo. Así ya nunca más tuvo que disfrazarse y todo lo que necesitó, pudo encontrarlo abundantemente a su alrededor. El río, en este cuento, simboliza la meditación, a la cual acudimos para volver a ser nosotros mismos en todo momento y en cualquier situación."
Cuando quería comprar comida bajaba al sur, donde los oriundos pintaban sus rostros de blanco, por lo que Brahmán debía pintarse el rostro también de blanco.
Cuando deseaba rezar se dirigía a los pueblos del Este, donde estaban los templos, pero los habitantes del Este pintaban sus caras de color amarillo, por lo que Brahmán debía hacer lo mismo.
Por último, cuando quería comprar medicinas, debía visitar el Oeste, donde todos se pintaban el rostro de azul.
El tiempo paso y cierto día, Brahmán vio a un extraño hombre de barba y pelo largo haciendo sus abluciones en el río. Su rostro era muy hermoso y su mirada serena y tranquila. No llevaba ninguna pintura y sin embargo parecía muy feliz.
Como quiso acercarse un poco más, pudo ver su propia silueta reflejada en el agua y no se reconoció. Llevaba tanto tiempo poniéndose máscaras que ya eran una parte de él.
Llorando desconsoladamente, cayó al suelo mientras el desconocido, compadeciéndose de él, se acercó, lo tomó en sus brazos y lo levantó amablemente:
- Lo que buscas no está fuera de ti, ni en otra persona, ni en otro lugar – dijo - Lo que deseas está en tu interior pero, para poder alcanzarlo, no debes disfrazarte, sino quitarte todos los disfraces que te has ido poniendo
- ¿Cómo puedo hacerlo? - preguntó el muchacho
- ¡Ven! - dijo el eremita – Lávate la cara todos los días en este río y no dejes que nada vuelva ocultarla. Si lo haces a diario, si te buscas a ti mismo dejando pasar todo lo que no eres tú, llegará un día en que te reconozcas. Cuando esto ocurra, llámate y no vuelvas a perderte de vista, pues tú mismo te conducirás hacia tu propio reino – Durante mucho tiempo, Brahmán acudió al riachuelo y se lavó en él hasta que todas sus máscaras fueron desapareciendo. Así ya nunca más tuvo que disfrazarse y todo lo que necesitó, pudo encontrarlo abundantemente a su alrededor. El río, en este cuento, simboliza la meditación, a la cual acudimos para volver a ser nosotros mismos en todo momento y en cualquier situación."

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