lunes, 18 de julio de 2016

El pescador y los diamantes.


Había una vez un pescador que todos los días salía a la playa al amanecer, para encontrarse a solas con el mar y la noche, antes de que llegara el alba. Un día la obscuridad era tal que el pescador caminando por la playa su pie tropezó con una bolsa de cuero, llena de piedrecillas que no pudo ver por las sombras que cubrían todo, a excepción del lento oleaje barriendo la arena entre sus pies.

El pescador amaneció cansado, sin ganas de nada, y en el centro de su apatía, mirando las sombras saladas de humedad; sin pensar abrió la extraña bolsa, sacó una piedra y la aventó a las aguas rumorosas para ver si oía el ruido al hundirse. Pero no pudo escuchar nada, solo los movimientos del mar despierto.
Así, aventó una y otra de las piedras de varios tamaños, algunas muy grandes  y otras pequeñas. Pero fue inútil solo se hacía presente el mar y nada más que el mar.
Así, aventó una y otra de las piedras de varios tamaños, algunas tan grandes como limones y otras pequeñas como frijoles. Pero fue inútil solo se hacía presente el mar y nada más que el mar.Al amanecer cuando la primera luz iluminó la playa, sintió curiosidad por ver las piedras que había aventado por cerca de una hora. Y casi cae muerto de la impresión: sobre sus manos tenía  un diamante del tamaño de un garbanzo...

Lo que pasó es lo que sucede con todos los seres humanos cuando se tiene una mente perturbada. Sencillamente el pescador se maldijo, se insulto por estúpido, se dolió consigo mismo, cayendo de rodillas en la arena gritando que había perdido una fortuna, y que jamas se perdonaría esa locura. es lo que usualmente pasa con todos los seres humanos, siempre nos fijamos en lo que no tenemos y nos atormentamos por ello, en lugar de observar lo que aun tenemos, en el caso del pescador el diamante que aún brilla entre sus dedos...
Porque duele más lo que se ha perdido, que el goce que da lo que aún se tiene.

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