Según la creencia taoista, la fuerza activa de todos los fenómenos es el movimiento de la energ{ia entre dos polos. Estos dos polos, o extremos, se conocen como el Yin y el Yang. Es interesante notar que esta noción cósmica es muy similar al modelo dialéctico empleado por muchos físicos modernos.
Para poder entender la medicina oriental, es necesario captar el verdadero significado de estos principios. No hay que conceptuarlos como entidades, sino más bien como tendencias dentro del movimiento de la energía.
Entre estos dos extremos existe un movimiento constante. Son las diversas combinaciones de estas dos tendencias lo que confiere a todas las cosas su carácter distintivo.
Yin es el término que define la tendencia hacia la expansión o la centrifugalidad;
Yang es la tendencia hacia la contracción o la centripetalidad. Cuando la fuerza contrayente llega a su límite, cambia de dirección y empieza a extenderse y viceversa. Este flujo constante entre dos extremos puede observarse en todas las cosas: desde la molécula hasta la pulsación de las galaxias. Por lo que atañe al cuerpo humano lo percibimos en el ritmo del corazón y de los pulmones y también en los movimientos peristálticos de los intestinos. A menudo la transición del Yin al Yang tiene lugar en forma de espiral. Este fenómeno se puede observar en el desarrollo del cuerpo humano que evoluciona desde la formación espiraloide del embrión hasta la constitución de la estructura muscular y ósea.
Los antiguos chinos y japoneses erigieron al Yin el símbolo de la fuerza de la Tierra (energía centrífuga) y al Yang en símbolo de la fuerza del Cielo (energía centrípeta que actúa sobre el planeta desde fuera). En muchos escritos antiguos se emplean estos términos, Tierra y Cielo en lugar de Yin y Yang.
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